Smolansky contó como escapó de la justicia venezolana haciéndose pasar por seminarista

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La fuga del alcalde opositor venezolano Antonio Ledezma, que cruzó la frontera con Colombia tras burlar su arresto domiciliario en Caracas, no es la única huida de película en la Venezuela de Nicolás Maduro. David Smolansky sabe de exilios: de la ex Unión Soviética salió su abuelo en 1927; de Cuba, su padre en 1970; y ahora él de Venezuela. “Tres generaciones hemos tenido que huir por dictaduras”, dice el destituido alcalde de El Hatillo, un municipio de Caracas, condenado a 15 meses de prisión por no impedir los bloqueos de vías durante las protestas antigubernamentales que dejaron 125 muertos entre abril y julio.

Apenas supo de esa sentencia “inapelable”, pasó a la clandestinidad. En las noches no dormía, “porque sabía que si venían por mí, sería en esa hora”. Nadie en su familia sabía dónde estaba. A veces no cenaba, pero nunca pasó hambre.

Con una aplicación podía conectarse a internet de manera segura. Se informaba, veía deportes, leía, escribía, rezaba. Hasta que viajó 1.300 km hasta Brasil. “Mi huida no fue improvisada, había estudiado al menos siete rutas de salida”, afirma este dirigente del partido de Leopoldo López, arrestado desde 2014.

El gobierno había difundido su foto. Entonces se afeitó la barba, se puso gafas y decidió “actuar” de “ayudante de cura con acento colombiano”. “Una vez, un guardia me preguntó qué hacía cerca de la frontera. ‘Soy seminarista y quiero ayudar a gente que no tiene comida’, le dije. ‘Eso es muy importante, aquí está faltando mucho la comida’, me contestó”.

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